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EL PODER DEL DORSAL

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Es martes. 20:00 horas. Me calzo las zapatillas y salgo a correr. Me invade una gran sensación de bienestar. Pasan los kilómetros, cuestas, esquivo por aquí, salto por allá y cuando me quiero dar cuenta he llegado a casa. ¡Qué tranquilidad!

Jueves. Repito la misma rutina introduciendo cambios en el recorrido para no aburrirme y trazar nuevas rutas que compartiré con mis “colegas deportistas”.

Fin de semana. Madrugo como de costumbre para ir al pueblo donde se celebra la carrera (llámese trail, media maratón, cross…). Llego al lugar, saludos por aquí, risas por allá. Recojo el dorsal. Voy al coche, me preparo y me dirijo hacia la linea de salida. Noto que algo ha cambiado, una sensación diferente es la que me invade hasta el punto de sentirme con una “revolución de más”.

maratón del espadán 2013 Rober Martínez Menor

Es nuestra compañera la ansiedad, activada al colocar nuestro dorsal y sentir que la carrera está a punto de comenzar.

Dicha ansiedad, bien enfocada, puede ser harto beneficiosa para el desarrollo de la prueba. Por el contrario, si se dispara y no la canalizamos adecuadamente, tendrá los efectos contrarios, siendo nuestro mayor rival en la prueba, mermando nuestras capacidades hasta el punto de (poder) hacernos abandonar.

Poner ese trozo de papel numerado en nuestro pecho debería ser motivo de orgullo al ver que vamos a participar en otra carrera más y, por ende, que disfrutaremos en ella dando todo lo mejor que hay en nosotros ese día. Como me comenta mi amigo y preparador físico Rober Martínez, ”el que lo da todo no está obligado a nada más” es aquí donde tiene sentido total y absoluto.

Rober Martinez Menor

Sin embargo y virando al lado opuesto que he mencionado, en muchos corredores ponerse el dorsal, en cambio, les transmite el miedo y creencia del “efecto espectador”, creyendo que todas las miradas están focalizadas en su persona, y es ahí donde afloran esos miedos y pensamientos negativos tales como: “no seré capaz y me van a juzgar”, “voy a pinchar”, “van a pensar que soy el peor”, ”no llegaré a meta”, y un largo etcétera que hace que la carrera, a partir del último “click” del portadorsal o del hábil movimiento del dedo para no clavarnos el imperdible, pase a ser un camino tedioso y espinoso en vez de ser aventura, disfrute y superación.

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Este cambio en la carrera, cuando es producido por el dorsal (entendámoslo como factor precipitante), desde un punto de vista psicológico es harto importante, ya que a bote pronto, el nivel de ansiedad se dispara desembocando en una incorrecta visión de carrera, aflorando carencias que en realidad no las tenemos en ese momento pero fruto de nuestro estado se acrecientan y las notamos.

Al comienzo de la prueba puede que vayamos por encima de nuestras posibilidades o por debajo, ya que nuestra realidad está distorsionada. Debido a nuestro estado de “embriaguez ansiosa” (permítaseme este nuevo concepto para referirme al pico de ansiedad durante, en este caso, la carrera) no vamos concentrados en el terreno, algo de capital importancia y que nos puede costar muy caro. Una mala pisada, un giro inadecuado, una incorrecta alimentación-hidratación (…), puede desembocar en fatales consecuencias para el correcto transcurso de la carrera.

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Nuestra mente nos indica que, puesto que tenemos el dorsal, hemos de salir a ganar “al de al lado” ya que es una competición.

Vivimos en una sociedad donde nos han inyectado este estilo de vida  de “competir, competir y competir”, algo que puede ser muy positivo cuando es justo y equilibrado, pero muy pernicioso cuando se lleva al extremo, algo que se hace cada vez con más frecuencia.

Llegados a este punto, hemos de centrarnos y ver que quizá el dorsal y la carrera en sí, nos brinda otro tipo de competición. La podríamos llamar “competición del disfrute del recorrido contigo mismo”. Disfrutar cuando comienza, en su transcurso y en la meta. Fácil a priori, ¿verdad? Pero, ¿cómo me aseguro el conseguirlo?

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Primero, sabiendo que tengo por delante kilómetros para aprender del recorrido. Aprender a sufrir y disfrutar con la estampa de cada paisaje, de cada trago de agua en los distintos avituallamientos. Disfrutar con el aliento que me da la gente durante el camino. Disfrutar sintiendo como en cada paso, cada kilómetro, cada momento, me estoy transformando en mejor corredor porque estoy aprendiendo para mí y no para el resto.

Nadie espera que seamos el próximo Luis Alberto Hernando. Ni siquiera hemos de creerlo nosotros. Debemos aspirar a ser la mejor versión de nosotros mismos, logrando el perfecto equilibrio entre lo deportivo y emocional.

Disfrutar con lo específico de la carrera, con cada zancada dejada atrás y con cada zancada por alcanzar. Proyectar y ver como la meta está próxima. Llegar a la misma y seguir disfrutando por este nuevo reto superado, quedando grabado en nuestro ser que somos de nuevo finisher, y, por supuesto, dándome cuenta que lo he logrado yo, NO mi dorsal.

 

Tony Flor García (corredor de ultradistancia, coach y psicólogo deportivo)

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